Smoked Room Madrid. Fire Omakase by Dani García
AtrásEn pleno Paseo de la Castellana, en el sótano del Hotel Hyatt Regency Hesperia, se esconde uno de los restaurantes más singulares de la capital: Smoked Room Madrid, también conocido como Fire Omakase by Dani García. Este espacio gastronómico se define por una premisa clara: el fuego y el humo como hilo conductor de cada elaboración. La experiencia se desarrolla en un entorno íntimo, con apenas catorce comensales por servicio, repartidos entre una barra con seis taburetes frente a la cocina abierta y dos mesas redondas en una zona más reservada. Quienes buscan vivir el concepto en su máxima expresión recomiendan especialmente reservar sitio en la barra, donde se observa de cerca el trabajo del equipo de cocina.
El concepto bebe directamente de la filosofía culinaria del chef Dani García, figura mediática de la gastronomía española que llegó a devolver sus tres estrellas Michelin antes de embarcarse en proyectos donde prima la brasa. En Smoked Room, esa pasión por el fuego se traduce en un menú degustación de tipo omakase —término japonés que significa «confiar en el chef»— que cambia según la temporada y el producto disponible. La propuesta suele oscilar entre doce y quince pases, con clásicos reinventados como el tomate nitro, la quisquilla de Motril con mantequilla noisette, el puchero de algas con caviar, el bogavante a la brasa, la lubina con gazpachuelo ahumado, el pichón con chirivía ahumada o el wagyu A5 de Kagoshima con soja envejecida. El pibe brioche con mantequilla trufada marca el inicio, y la icónica tarta di rose suele cerrar la parte dulce.
El nivel de los ingredientes es uno de los grandes atractivos. Productos premium como el caviar, las angulas, el percebe, las espardeñas o la carne de wagyu japonés aparecen con regularidad en los pases, lo que justifica en parte la etiqueta de precio. La técnica en cocina es notable y la presentación de los platos, muy cuidada. La estética del local acompaña: una iluminación tenue, paredes oscuras y ribetes ocres generan una atmósfera sofisticada que invita a olvidar el reloj durante las dos o tres horas que dura la experiencia.
El equipo de sala está formado por profesionales jóvenes pero muy formados. El sumiller Luis Baselga dirige la bodega, una de las más completas del segmento, con referencias poco habituales en el mercado y maridajes a juego para cada menú. Nombres como Daniel, Lenny, Sara o Pol son citados con frecuencia por los comensales, que destacan la cercanía, la pasión con la que explican cada plato y la disposición a personalizar la experiencia. De hecho, muchos visitantes han organizado sorpresas especiales —pedidas de mano, cumpleaños, aniversarios— y el restaurante las ha ejecutado con discreción y mimo, incluyendo detalles memorables como un anillo escondido en un postre que se prende fuego al servirlo.
En cuanto a la oferta líquida, el local ofrece dos modalidades de menú degustación: el corto, en torno a 195 euros, y el largo, que ronda los 250-280 euros. A esto hay que añadir el maridaje, que puede sumar otros 80 a 220 euros según la extensión elegida. El resultado es una factura fácilmente superior a los 400-470 euros por persona. Quienes lo han probado coinciden en que la calidad está a la altura de la inversión, aunque también señalan que la carta de vinos presenta recargos significativos —entre un 20% y un 25% por encima de la media— y que algunos platos puntuales, como el pichón a la brasa con anchoa, no terminan de funcionar en boca. El suplemento de trufa, ofrecido en mesa por unos 20 euros, genera opiniones divididas entre quienes lo ven como un extra acertado y quienes lo perciben como un añadido prescindible.
Como cualquier propuesta de alta cocina con servicio tan exclusivo, hay aspectos que conviene conocer antes de reservar. El aforo tan reducido convierte la reserva en una tarea casi obligatoria con semanas de antelación, sobre todo en fin de semana. El acceso se realiza por una escalera oscura e inclinada que no resulta apta para personas con movilidad reducida, ya que no hay alternativa con ascensor para salvar el desnivel hasta la sala inferior. Además, los baños son compartidos con el vecino Leña, el otro restaurante de Dani García en el mismo hotel, lo que obliga a salir del local y recorrer un pasillo. Quienes se sienten en la barra pueden experimentar algo de frío por la cercanía con el aire acondicionado, necesario para compensar el calor de las brasas. Por último, la iluminación es bastante baja, lo que dificulta fotografiar los platos y puede no ser del agrado de todo el mundo.
La propuesta se aleja del formato clásico de restaurantes convencionales y se acerca más a una experiencia teatral, donde cocina y sala trabajan en sincronía para envolver al comensal. Esa teatralidad, junto con la limitación de solo catorce plazas por pase, convierte a Smoked Room en una opción ideal para celebrar una fecha señalada, una cena romántica o una visita gastronómica singular en Madrid. Eso sí: conviene llegar con tiempo, sin prisas y con el paladar dispuesto a probar elaboraciones en las que el ahumado, la brasa y la maduración de los productos marcan el ritmo.
Para quienes estén pensando en acercarse, algunos consejos prácticos resultan útiles. Es imprescindible reservar a través de la página web o por teléfono, ya que el local no acepta walk-ins. El horario es limitado: abre de miércoles a sábado, en dos turnos, de 13:30 a 16:00 y de 20:00 a 24:00, permaneciendo cerrado domingos, lunes y martes. El hotel dispone de parking y servicio de aparcacoches, aunque no siempre se informa proactivamente a los clientes. La vestimenta es smart casual, en línea con el resto de locales gastronómicos del Hyatt Regency. Para quienes busquen una alternativa más informal, conviene recordar que en la misma planta se encuentra Leña, el restaurante hermano de Dani García, con una oferta de carta y brasas más accesible.
En definitiva, Smoked Room Madrid es una apuesta firme para los amantes de la gastronomía de autor que quieran disfrutar de un omakase diferente, marcado por el dominio del fuego y por un servicio cercano. Sus puntos fuertes —la exclusividad, la calidad del producto, la profesionalidad del equipo y la posibilidad de vivir la cocina desde primera fila— lo convierten en una de las direcciones obligadas para quienes entienden la alta cocina como una experiencia completa. Sus puntos débiles —el precio elevado, el aforo mínimo, los accesos complicados y alguna irregularidad puntual— no lo desaconsejan, pero sí invitan a llegar con expectativas realistas y a entender que aquí se paga tanto por el producto como por el ritual. Una visita bien planificada puede convertirse en uno de esos recuerdos que justifican, por sí solos, un viaje gastronómico a la capital.