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Restaurante La Bodega de Chema

Restaurante La Bodega de Chema

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C. de Félix Latassa, 34, 50006 Zaragoza, España
Parrilla Restaurante
9.2 (6187 reseñas)

Restaurante La Bodega de Chema se ha consolidado como una de las direcciones imprescindibles para quienes buscan restaurantes en Zaragoza donde la tradición aragonesa se codea con la cocina más contemporánea. Situado en la calle de Félix Latassa, 34, este establecimiento con más de cinco décadas de historia —su andadura comenzó en 1972— ofrece un recorrido gastronómico que abarca desde contundentes asados hasta propuestas de autor con técnica depurada. Su horario de apertura, limitado a las comidas de mediodía de lunes a domingo y a las cenas de viernes y sábado, lo convierte en un enclave perfecto para quienes planean una visita con tiempo, especialmente dado que las recomendaciones generalizadas de reserva previa responden a una demanda sostenida durante todo el año.

La filosofía del local se resume en una combinación de producto local, técnica actual y servicio cercano. Los comensales que cruzan su umbral suelen coincidir en que la atención del equipo —con figuras destacadas como Lucian, Adrián, Sergio, Adriana, Alba o Jordi, según las distintas opiniones recogidas— resulta uno de los grandes activos del lugar. La sala, distribuida en varios salones, se adapta tanto a parejas que buscan una velada íntima como a familias que celebran comuniones, bodas civiles o comidas de empresa, ya que frecuentemente se habilitan espacios privados para grupos numerosos.

La carta: asados clásicos y guiños creativos

El plato que define la identidad del restaurante La Bodega de Chema es el cabrito lechal asado, un clásico que ha sobrevivido a modas y cambios de propiedad. Procedente de ganaderías cercanas, se sirve con su guarnición habitual de patatas panaderas y un punto de asado que los habituales definen como sobresaliente. La mejor forma de probarlo, según coinciden muchos de los visitantes, es incluirlo en alguno de los menús cerrados que oferta el local, donde el suplemento por este segundo resulta bastante contenido. No faltan tampoco el cochinillo, el ternasco de Aragón, el solomillo de vaca gallega o la paletilla de cordero, todos elaborados con mimo y presentados con esmero.

Entre los entrantes, el huevo a baja temperatura con crema de foie y aceite de trufa se ha convertido en otra de las firmas de la casa, así como la croqueta casera, las alcachofas confitadas, el canelón de cabrito con bechamel trufada, la burrata con pesto o el pulpo a la brasa con parmentier. Quienes prefieren el pescado encuentran en la lubina, el rodaballo y la corvina apuestas seguras. La cocina muestra también un lado más innovador con propuestas como el arroz de fitoplancton, la croqueta de borrajas con almejas o el brioche relleno de guiso de cabrito, que evidencian un trabajo de mestizaje entre la receta clásica y la creatividad del jefe de cocina.

Los menús: opciones para cada ocasión

El menú especial —con tres entrantes, segundo a elegir, postre, agua y vino recomendado— se mueve en una franja de precio cercana a los 40 euros por persona, incluyendo el suplemento por el cabrito. Para quienes busquen una experiencia más amplia, existe un menú degustación conocido como Horeca, maridado con vinos aragoneses, así como un menú Excelent que amplía las elaboraciones. Esta estructura convierte al local en una opción atractiva tanto para una comida familiar como para una velada más especial, y explica por qué muchos zaragozanos lo tienen marcado entre sus restaurantes favoritos para repetir a lo largo del año.

Bodega: el valor añadido de los vinos de la región

Otro de los grandes atractivos del local es su amplia carta de vinos, con una clara apuesta por denominaciones aragonesas como Cariñena, Calatayud, Campo de Borja y Somontano. El restaurante incluso cuenta con un vino exclusivo, Amaltea, un coupage de garnacha preparado en exclusiva para la casa, que marida bien con prácticamente cualquier plato a pesar de sus 14,5 grados. La bodega incluye también referencias de Rioja, Ribera del Duero, incluso algún Borgoña veterano para los más sibaritas, con copas servidas a temperatura correcta y un servicio que asesora al comensal sin imponer.

Servicio y experiencia global

El equipo de sala recibe elogios casi unánimes por su profesionalidad, su amabilidad y su capacidad de recomendación. Los camareros explican con detalle cada plato, sugieren cantidades y, en caso de intolerancias, suelen adaptarse con agilidad. Esta atención resulta clave para entender por qué el restaurante se mantiene en la memoria de quienes lo visitan como una experiencia completa. La presentación de los platos, con vajilla cuidada y emplatados que invitan a fotografiar, completa una oferta que trabaja tanto el paladar como la vista.

Aspectos a tener en cuenta

No todo es perfecto, y conviene reseñarlo para una visión equilibrada. Algunos comensales han señalado tiempos de espera largos entre plato y plato, especialmente en días de máxima ocupación como domingos o fechas señaladas. Otros han percibido que el nivel de los segundos puede variar en función de la elección: mientras el cabrito, el cochinillo o el solomillo acostumbran a funcionar, ciertas propuestas como el bacalao o la carrillera han resultado ocasionalmente más secas de lo esperado. La pastelería, aunque incluye aciertos como la tarta de queso, el sorbete de mandarina con vodka o la torrija, ha recibido críticas puntuales por resultar demasiado dulce para algunos paladares.

La acústica del local es otro punto mejorable: al ser un espacio muy demandado, no es raro coincidir con grupos numerosos o mesas que elevan el tono, dificultando la conversación. Un comentario puntual señaló, además, alguna molestia relacionada con el olor proveniente de las cañerías en ciertos momentos. Por último, conviene recordar que el restaurante cierra los martes y que, para cenar, solo abre viernes y sábados, por lo que planificar la visita con antelación es fundamental, especialmente en fines de semana.

Para quién es ideal y cómo aprovechar la visita

La Bodega de Chema funciona especialmente bien para quienes buscan un plan gastronómico sin sobresaltos: familias con niños, parejas, grupos de amigos y, sobre todo, celebraciones con cierto empaque. Los menús cerrados resuelven la papeleta en cuestión de minutos, mientras que la carta permite quien guste de mayor libertad. Para una primera toma de contacto, la recomendación generalizada pasa por pedir el menú especial con el cabrito como segundo, dejar que el sumiller aconseje el vino y reservar con tiempo, especialmente si se pretende acudir en fin de semana o en fechas próximas a celebraciones locales.

Para quienes prefieren la comodidad del hogar, el local también ofrece servicio de comida para llevar, con instrucciones precisas para terminar el asado en casa sin perder un ápice de jugosidad. Esta alternativa, junto con la opción de entrega a domicilio, convierte al restaurante en una opción versátil para quienes quieran celebrar sin salir de casa. En definitiva, un clásico zaragozano que, temporada tras temporada, sigue consolidando su reputación como una de las referencias obligadas en la escena de restaurantes, cafeterías y bares con personalidad aragonesa.

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